Su mamá estaba por cumplir 80. Iban a hacer una fiesta sorpresa y su hermana quería preparar un video de las fotos de su vida. Ángel buscaba en una caja de zapatillas adidas esas fotografías que había sacado en los cumpleaños, en las vacaciones, los domingos en la casa del Tigre. Siempre fue el fotógrafo de la familia, quizá por ser tímido y preferir esconderse de los recuerdos. Encontró una foto con Miguel, su mejor amigo de la adolescencia. Se los veía como hermanos: abrazados, cantando, borrachos. Sus nombres sonaban a una sola persona: Miguel Ángel. Los recuerdos empezaron a entrarle por los ojos: el viaje en carpa a Uruguay con sus primeras novias, los domingos a la tarde aprendiendo a tocar la guitarra juntos, el color fucsia de la Santa Rita en la entrada de la casa de los padres de Miguel. Su muerte en un viaje por laburo a Entre Ríos todavía le dolía. Tenía 30 años y la mujer estaba embarazada de 5 meses. Su jefe había insistido en que él tenía que cerrar con ese cliente. La ruta, el mal dormir y un camionero pasado de vino escribieron el resto. Ángel guardó la foto de Miguel en un libro. Uno cualquiera para no tener que verla siempre. Se dío cuenta que Ana lo había llamado hacía más de cinco minutos para comer. "Voy mi amor" dijo y separó las fotos de su mamá.
Alegra
Entró al café de la esquina de Púan y Bonifacio para hacer tiempo antes de ir rendir el último examen del cuatrimestre. Tenía los apuntes que había re leído dos veces en el tren y mentalmente se repetía los conceptos de tragedia, mimesis, hamartía, hybris. Al recorrer con la mirada las mesas libres, vió a una chica sola sentada en en una mesa circular llena de sillas vacías. Se sentó en diagonal a ella, en una mesa cuadrada para dos, mirando hacia adentro del local. El ventanal daba a la esquina y era la mejor vista, pero prefirió mirar hacia adentro, un poco para estudiar y un poco distraer su mirada con la chica que llamaba su atención. “Una lágrima doble en vaso por favor”.
Tomó otra vez sus apuntes como para hacer algo y notó que la chica corrió la vista. La conocía y no sabía de donde. Cinco minutos de lectura distraída y Ana se levanta y se acerca.
-“¿MIguel? Soy Ana de Entre Ríos”
- “Hola Ana. Me parecías conocida”
Miguel y Ana se habían conocido unas vacaciones en Ñandubaysal, entre asados y ensaladas que hacían sus padres. Ana había cumplido 18 y vino a Buenos Aires a estudiar Psicología. “Qué bueno, yo arranqué Filosofía el año pasado.” dijo Miguel mostrando los apuntes. Ella mirando las fotocopias de reojo le dijo que vivía con una amiga de Urdinarrain en un monoambiente que su tío tenía en Colegiales. Compartían los gastos y por ahora estaba cómoda. Quería tener una gata pero su amiga era alérgica. “ Le voy a poner Alegra. Me parece que me voy a mudar más cerca de la facu”
-“Tenés teléfono?” preguntó Miguel
-”No, pero dame el tuyo”.
Miguel anotó en la servilleta del bar 665–7543 Miguel Ramirez.
-”Podemos ir al teatro. Un amigo está actuando en un obra por Chacarita. Le puedo pedir entradas.”
-”Sí dale. Te llamo en la semana para arreglar” le dijo Ana mientras guardaba la servilleta en un cuaderno.
Se despidieron con un beso en cada mejilla. Miguel se quedó re leyendo un poco más. Pensaba en el recuerdo que tenía de Ana y en cómo la había visto ahora. Nunca sospechó que Ana iba a tardar un mes en animarse a llamarlo y que 10 años después tendrían una hija juntos.
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